• Mar. Jun 16th, 2026

EL MAPA INVISIBLE DE LA MISERIA: Donde habita el olvido en el Gran Santo Domingo

PorROBBY GABRIEL

Jun 16, 2026

SANTO DOMINGO: Una inmersión al salir el sol en los dormitorios improvisados bajo los elevados y parques, donde decenas de seres humanos sobreviven en el abandono más absoluto ante la indiferencia estatal.

Cuando la madrugada bosteza sus últimos soplos y el alba rompe, decenas de personas, en su mayoría hombres indigentes, drogadictos, sin techo o enfermos mentales, comienzan a desocupar los rincones debajo de los elevados y en bancos de los parques del Gran Santo Domingo, que usaron la noche anterior para descansar su estropeado cuerpo.

El reloj marca las 7:16 de la mañana y el aire denso del Gran Santo Domingo se impregna de un olor a combustión y descomposición. Me encuentro bajo el elevado sobre las avenidas Máximo Gómez y Nicolás de Ovando, observando cómo las personas se mueven con rapidez de un lugar a otro sin fijarse en su entorno.

A mi alrededor, la escena es dantesca y desgarradora. Decenas de hombres, marcados por las adicciones, el desamparo o la enfermedad mental, comienzan a levantarse de las aceras rústicas. Este asfalto hostil y contaminado se transforma, en las noches, en sus dormitorios habituales.

Camino entre montículos de basura compactada, sorteando la presencia silenciosa de algunos perros que se pasean sin timidez entre los pies de los durmientes. El humo negro que expelen los vehículos y el estruendo de las bocinas no parecen perturbar el letargo de quienes buscan un rincón seco para guarecerse.

“Paso por aquí todos los días y la verdad que me da mucha pena ver cómo viven muchas de estas personas, y saber que también el Gobierno y las instituciones lo saben, pero no hacen nada”, dijo Samantha Gutiérrez, estudiante de psicología de la UASD.

Hombres invisibles entre harapos, cartones y sabanas sucias y malolientes.  Jorge González
Hombres invisibles entre harapos, cartones y sabanas sucias y malolientes. Jorge González

“Veo en muchas películas que en los Estados Unidos hay albergues con duchas y camas para pasar la noche. ¿Por qué aquí no pueden hacer eso?”, agregó la estudiante.

Los rostros de la exclusión

En este ecosistema del abandono, los cartones viejos, sábanas raídas y sacos de nylon se convierten en preciados colchones improvisados. No hay necesidad de tendido eléctrico en sus parcelas de cemento; las luces difusas de los automóviles que transitan arriba aportan la única y tétrica iluminación de la noche.

Me acerco a un hombre de unos cuarenta años que acomoda y recoge unos cartones viejos del suelo frío. Cubierto por una chaqueta gastada que le queda evidentemente grande, accede a susurrar unas palabras con la condición expresa de mantener el anonimato. Su mirada refleja un cansancio profundo y antiguo.

«Aquí uno aprende a dormir con un ojo abierto y el otro cerrado», me confiesa con una voz casi inaudible, mientras me muestra un tubo de metal que guarda en un saco. «La calle es traicionera, te roban lo poco que tienes o te dan un golpe por pura maldad de la gente», dijo con voz seca.

El puente de la avenida Paseo de Los Reyes católicos con Máximo Gómez se ha convertido en uno de los lugares más concurrido. Jorge González
El puente de la avenida Paseo de Los Reyes católicos con Máximo Gómez se ha convertido en uno de los lugares más concurrido. Jorge González

El Nacional y una alerta desatendida

A pesar de la hora, aun la oscuridad de los rincones urbanos otorga a estas personas una privacidad ficticia que, en realidad, poco les importa ya. Sus cuerpos están visiblemente cansados de vagar, mendigar y sufrir una marginación que parece no tener fin en una sociedad que prefiere mirar hacia el lado contrario del camino.

“Coño, váyanse de aquí. Nada más vienen a joder. Aquí estamos bien sin que nadie nos joda. Si quiere ayudar solo váyase o deje algo de dinero o comida y deje de filmar”, fue la expresión incómoda de uno de estos seres invisibles.

Desde el año 2019, El Nacional ha escrito varios reportajes dando la voz de alerta de este mal que parece ir creciendo aceleradamente. Sin embargo, estas crónicas parecen convertirse en palabras que van al aire y letras que lamentablemente se pierden entre las páginas de un periódico de ayer.

Es una realidad innegable que estas personas viven donde habita el olvido, desconectadas por completo de sus familias y del entramado productivo. Son náufragos urbanos en una isla de cemento, seres humanos que caminan como zombis en harapos, cargando bolsas plásticas llenas de desperdicios y alimentos descompuestos.

A muchos no le molesta el ruido de la ciudad y menos del dióxido de carbono de los vehículos al transitar. Jorge González
A muchos no le molesta el ruido de la ciudad y menos del dióxido de carbono de los vehículos al transitar. Jorge González

Paisajes del desamparo absoluto

Avanzo en mi recorrido hacia la avenida Máximo Gómez, específicamente en el tramo comprendido entre las calles San Juan de la Maguana y Nicolás de Ovando. El viaducto se muestra como otra monumental infraestructura que sirve de trágico techo para los desdichados que intentan subsistir entre las desigualdades.

En el distribuidor de tráfico del puente Ramón Matías Mella, conocido popularmente como el puente de la Bicicleta, el panorama se repite idéntico. Hombres de edades maduras comparten el espacio con perros callejeros, sus únicos y fieles guardianes ante las inclemencias climáticas y las constantes agresiones externas.

«Yo tenía una casa y una esposa en el sur, pero las drogas me quitaron todo», me relata otro sujeto que recoge botellas plásticas. «Nadie te busca cuando caes aquí, te vuelves un muerto para el mundo; el gobierno solo nos ve cuando molestamos en la vía pública», agregó el hombre 

Hombres invisibles entre harapos, cartones y sabanas sucias y malolientes.  Jorge González
Hombres invisibles entre harapos, cartones y sabanas sucias y malolientes. Jorge González

Economía de la pura supervivencia

El perfil de esta población flotante es mayoritariamente masculino, con edades que oscilan entre los 30 y los 70 años. Durante el día, despliegan una economía de subsistencia extrema: recogen cartones que venden a seis pesos el kilo o botellas de cerveza por apenas tres miserables pesos la unidad.

Otros buscan chatarra, metales o realizan pequeños mandados de limpieza en los barrios residenciales cercanos para conseguir algo con qué alimentarse. Cuando la fortuna les sonríe y reciben monedas, prefieren comprar comida china, especialmente los populares «picapollo» o el tradicional servicio de «chofán».

La higiene personal es un lujo inexistente en este submundo del asfalto; se bañan casi exclusivamente cuando las nubes rompen a llover. No se preocupan por encontrar agua para el aseo diario ni sanitarios públicos, realizando sus necesidades biológicas al aire libre, ante la mirada indiferente de los transeúntes.

Algunos duermen en viejos colchones y usan cartones para reprimir la claridad del día. Jorge González
Algunos duermen en viejos colchones y usan cartones para reprimir la claridad del día. Jorge González

Instituciones bajo el manto del silencio

Cruzo el puente hacia la parte oriental de la provincia de Santo Domingo para constatar que el drama humano no cambia de geografía. En Los Mina, los parques Juan Almonte y La Rotonda se han transformado igualmente en posadas nocturnas donde el amanecer sorprende a decenas de personas desamparadas.

Resulta contradictorio constatar que, según las autoridades de Salud Pública, los nuevos centros hospitalarios cuentan con unidades especializadas de psiquiatría de vanguardia. Y además de que existe supuestamente un protocolo oficial para trasladar a estos enfermos mentales ambulantes, pero en la práctica cotidiana vemos siempre a los mismos desdichados dando tumbos.

El Ministerio de Salud Pública, la Defensa Civil y la Cruz Roja Dominicana muestran una preocupante apatía ante esta crisis humanitaria en expansión. Ninguna institución cuenta con un censo real que determine cuántos seres humanos duermen hoy a la intemperie en nuestras principales avenidas y plazas.

Estos hombres invisibles son de distintas edades, costumbres y sentimientos. Además están aquí por una variedad de razones Jorge González
Estos hombres invisibles son de distintas edades, costumbres y sentimientos. Además están aquí por una variedad de razones Jorge González

La invisibilidad de los caídos

Para el ciudadano común que disfruta de un empleo estable y una vivienda digna, los mendigos son simplemente estorbos visuales en el paisaje. Solo reciben una mirada de desdén o temor cuando se cruzan directamente en las intersecciones viales, catalogándolos de forma simplista como delincuentes potenciales.

El drama que viven los indigentes, enfermos mentales y los adictos denominados «piperos» es un mal social de urgente y necesaria resolución. Con una inversión económica relativamente baja y verdadera voluntad política estatal, se podrían habilitar casas de acogida municipales destinadas a su paulatina reinserción.

Abandono las calles cuando los primeros rayos del sol comienzan a martillar el pavimento y la ciudad despierta con su bullicio característico. Dejo atrás a los habitantes del olvido, sabiendo con dolor que lo peor de su jornada actual es que mañana comenzará otra exactamente igual.

Pero también sé que, como en el pasado, esto solo será un reportaje para leer; pasarán varios años y luego tendré que escribir lo mismo, posiblemente peor.

Fuente: El Nacional/APLA

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