• Lun. Ene 26th, 2026

Obispo de SFM advierte: “La lucha contra la corrupción es el mejor tributo a Duarte”.

PorROBBY GABRIEL

Ene 26, 2026

SAN FRANCISCO DE MACORIS: En el marco de la conmemoración del 203 aniversario del natalicio del patricio Juan Pablo Duarte, el obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís, monseñor Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, expresó su profunda preocupación ante los desafíos que aún enfrenta el país en materia de transparencia y ética pública.

El prelado hizo un llamado enérgico a la sociedad dominicana y a la clase política para que la lucha contra la corrupción no sea un eslogan de turno, sino un compromiso sagrado que honre el sacrificio de los fundadores de la República.

El mensaje de Duarte como brújula ética

Monseñor de la Cruz Baldera enfatizó que el pensamiento de Duarte no debe limitarse a actos protocolares, sino que debe traducirse en una práctica de honestidad innegociable.

Para el obispo, el desvío de fondos públicos y la falta de integridad en las instituciones son una traición directa al ideal duartiano.

“Duarte nos enseñó que la política es la ciencia más pura después de la filosofía, porque busca el bien común.
Quien se apropia de lo que es del pueblo no solo comete un delito, sino que intenta borrar la huella de libertad que el Patricio nos dejó”, señaló el obispo.

Vigilancia ciudadana

El obispo instó a los francomacorisanos y a toda la región del Cibao a mantenerse vigilantes y a no ser cómplices con el silencio ante los actos de corrupción.

Fortalecimiento institucional

Hizo hincapié en que la lucha contra este mal social debe estar respaldada por un sistema de justicia independiente que actúe bajo los principios de verdad y equidad.

Educación en valores

Propuso retornar al pensamiento ético de Duarte en las escuelas y en las familias como el único antídoto duradero contra la ambición desmedida.

Un llamado a la acción

Finalmente, monseñor Ramón Alfredo de la Cruz Baldera exhortó a los funcionarios y ciudadanos a reflexionar sobre la rendición de cuentas, recordando que “la patria se construye con manos limpias”.

Reafirmó que la Diócesis de San Francisco de Macorís seguirá siendo una voz firme en la denuncia de lo incorrecto y una guía en la búsqueda de una sociedad más justa.

Homilía completa del Tedeum en honor del 213 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte, pronunciada por el obispo Alfredo de la Cruz Baldera, de San Francisco de Macorís

Honorables autoridades provinciales y municipales; distinguidas autoridades militares, policiales y de organismos de seguridad; respetados representantes de organizaciones educativas, de la sociedad civil y miembros de la prensa e informativos.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, pueblo de Dios que peregrina en esta amada Diócesis de San Francisco de Macorís, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestra República Dominicana:

Bajo la mirada de Dios nos reunimos para conmemorar el 213 aniversario del natalicio de quien fuera no solo el forjador de nuestra nacionalidad, sino un hombre de profunda fe y virtud cívica: Juan Pablo Duarte. Y lo hacemos a la luz de la Palabra de Dios, que hoy, providencialmente, nos habla de liderazgo, de unidad y de la lucha contra el mal que divide.

En la primera lectura, del segundo libro de Samuel (2 Sam 5), vemos un momento cumbre en la historia de la salvación: todas las tribus de Israel acuden a David en Hebrón y le expresan lo siguiente: “¡Hueso tuyo y carne tuya somos!”. Esto es el reconocimiento de una identidad común. David no se impone por la fuerza bruta, sino que es reconocido por su pueblo y ungido por Dios para “pastorear”.

¡Qué imagen tan potente para nosotros hoy! Juan Pablo Duarte soñó con que los dominicanos pudiéramos decirnos unos a otros: “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Soñó una nación unida, no por el miedo, sino por el amor a la libertad y a la justicia. Pero ¿somos hoy ese cuerpo unido?

El Evangelio de Marcos (Mc 3) nos presenta una advertencia terrible: “Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir”. Jesús es acusado de expulsar demonios con el poder del jefe de los demonios. Los escribas, ciegos por la malicia, llaman mal al bien y bien al mal. Esta es la raíz de la blasfemia contra el Espíritu Santo: la cerrazón total a la verdad, el negarse a llamar a las cosas por su nombre.

Hermanos, la corrupción es esa división que amenaza con derrumbar nuestra casa. La corrupción no es solo un delito legal; es una herejía cívica y un pecado mortal social. Como nos enseña el magisterio, y recordaba el papa Francisco en Fratelli Tutti, la política no debe someterse a la economía ni esta al dictado de una eficiencia sin valores. Cuando el servidor público pierde el norte del servicio, la casa se divide y corre peligro de ruina.

Hoy, ante la memoria del Patricio, nuestro compromiso no puede ser de meras ofrendas florales. Como su obispo, les exhorto a dos acciones concretas:

Primero, orar por quienes nos gobiernan. San Pablo nos lo manda y la prudencia lo exige. Oremos para que Dios proteja sus corazones de la codicia. La codicia es la idolatría del dinero. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a cada funcionario, desde el más alto magistrado hasta el servidor municipal más humilde, para que entiendan que su cargo no es un botín de guerra.

¿Cuál sería el grito de Juan Pablo Duarte hoy?

¡Ay de aquel que llega al Estado para servir a sus amigos!
¡Ay de aquel que gobierna solo para sus familiares!
¡Ay de aquel que gobierna solo para un sector social o religioso!
¡Ay de aquel que favorece solo a los de su partido!

El servidor público es servidor de todos. El bien común, como enseña Santo Tomás de Aquino, es el fin de la ley y del gobierno. Privatizar el Estado para beneficio de una camarilla es traicionar el sueño de Duarte y ofender a Dios, que es Padre de todos, no de un color político.

En nuestra reciente Carta Pastoral de este enero de 2026, los obispos dominicanos hemos sido claros y contundentes sobre la moralidad pública. Pero no podemos ser hipócritas. Es fácil señalar hacia el Palacio Nacional o hacia el Congreso, pero Jesús nos dice: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

Hay una verdad incómoda que debemos tragar hoy como medicina amarga: no hay corruptos sin corruptores.

Como dice un adagio campesino: “Tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”.

¿Con qué autoridad moral criticamos al funcionario que roba millones, si nosotros, en el barrio o en la comunidad, vendemos nuestra conciencia por una dádiva?

En la corrupción todos somos culpables cuando, en tiempos de campaña, le exigimos al candidato que nos pague la receta, que nos dé el zinc, que nos regale el “pica pollo” o que nos garantice un puesto en la administración pública a cambio de nuestro voto. Al hacer eso, estamos vendiendo nuestra primogenitura por un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Luego, cuando ese político llega al poder y hurta para recuperar lo que gastó en nosotros, nos escandalizamos. ¡No seamos fariseos! La limpieza de la casa comienza por nuestra propia conciencia ciudadana.

Sin embargo, no todo es oscuridad. El Salmo 88 nos prometía: “Mi fidelidad y mi misericordia lo acompañarán”. Dios no abandona a este pueblo.

Hoy quiero hacer un reconocimiento justo, necesario y valiente. Debemos agradecer al Gobierno dominicano, en especial al excelentísimo señor presidente Luis Abinader Corona y a las autoridades judiciales independientes, porque se está librando una batalla real contra la impunidad. Vemos algo que antes parecía imposible: aquellos que han traicionado la confianza pública, sin importar su rango o apellido, están siendo llevados a los tribunales.

Cada vez que se detecta, se denuncia y se procesa un caso de corrupción, debemos decir: ¡Gracias a Dios! Porque eso significa que la luz está entrando en las tinieblas. No nos asustemos por los escándalos que salen a la luz; asustémonos del silencio cómplice que los ocultaba. Que la justicia siga su curso, caiga quien caiga, porque solo sobre la verdad y la justicia se puede construir la paz duradera.

Termino haciendo una referencia a san Agustín, quien en su obra La ciudad de Dios nos recordaba que un pueblo se define por aquello que ama. Si amamos el dinero fácil y el clientelismo, seremos una cueva de ladrones. Si amamos la justicia, la verdad y el servicio, seremos la República que soñó Duarte: libre, feliz y, sobre todo, cristiana.

Que la Virgen de la Altagracia, protectora de nuestra Quisqueya, nos ayude a expulsar el demonio de la corrupción que divide nuestra casa y nos conceda la gracia de ser ciudadanos honestos y gobernantes santos.Etiquetas Juan Pablo DuarteRamón Alfredo de la Cruz BalderaSFM

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El prelado hizo un llamado enérgico a la sociedad dominicana y a la clase política para que la lucha contra la corrupción no sea un eslogan de turno, sino un compromiso sagrado que honre el sacrificio de los fundadores de la República.

El mensaje de Duarte como brújula ética

Monseñor de la Cruz Baldera enfatizó que el pensamiento de Duarte no debe limitarse a actos protocolares, sino que debe traducirse en una práctica de honestidad innegociable.

Para el obispo, el desvío de fondos públicos y la falta de integridad en las instituciones son una traición directa al ideal duartiano.

“Duarte nos enseñó que la política es la ciencia más pura después de la filosofía, porque busca el bien común.
Quien se apropia de lo que es del pueblo no solo comete un delito, sino que intenta borrar la huella de libertad que el Patricio nos dejó”, señaló el obispo.

Vigilancia ciudadana

El obispo instó a los francomacorisanos y a toda la región del Cibao a mantenerse vigilantes y a no ser cómplices con el silencio ante los actos de corrupción.

Fortalecimiento institucional

Hizo hincapié en que la lucha contra este mal social debe estar respaldada por un sistema de justicia independiente que actúe bajo los principios de verdad y equidad.

Educación en valores

Propuso retornar al pensamiento ético de Duarte en las escuelas y en las familias como el único antídoto duradero contra la ambición desmedida.

Un llamado a la acción

Finalmente, monseñor Ramón Alfredo de la Cruz Baldera exhortó a los funcionarios y ciudadanos a reflexionar sobre la rendición de cuentas, recordando que “la patria se construye con manos limpias”.

Reafirmó que la Diócesis de San Francisco de Macorís seguirá siendo una voz firme en la denuncia de lo incorrecto y una guía en la búsqueda de una sociedad más justa.

Homilía completa del Tedeum en honor del 213 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte, pronunciada por el obispo Alfredo de la Cruz Baldera, de San Francisco de Macorís

Honorables autoridades provinciales y municipales; distinguidas autoridades militares, policiales y de organismos de seguridad; respetados representantes de organizaciones educativas, de la sociedad civil y miembros de la prensa e informativos.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, pueblo de Dios que peregrina en esta amada Diócesis de San Francisco de Macorís, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestra República Dominicana:

Bajo la mirada de Dios nos reunimos para conmemorar el 213 aniversario del natalicio de quien fuera no solo el forjador de nuestra nacionalidad, sino un hombre de profunda fe y virtud cívica: Juan Pablo Duarte. Y lo hacemos a la luz de la Palabra de Dios, que hoy, providencialmente, nos habla de liderazgo, de unidad y de la lucha contra el mal que divide.

En la primera lectura, del segundo libro de Samuel (2 Sam 5), vemos un momento cumbre en la historia de la salvación: todas las tribus de Israel acuden a David en Hebrón y le expresan lo siguiente: “¡Hueso tuyo y carne tuya somos!”. Esto es el reconocimiento de una identidad común. David no se impone por la fuerza bruta, sino que es reconocido por su pueblo y ungido por Dios para “pastorear”.

¡Qué imagen tan potente para nosotros hoy! Juan Pablo Duarte soñó con que los dominicanos pudiéramos decirnos unos a otros: “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Soñó una nación unida, no por el miedo, sino por el amor a la libertad y a la justicia. Pero ¿somos hoy ese cuerpo unido?

El Evangelio de Marcos (Mc 3) nos presenta una advertencia terrible: “Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir”. Jesús es acusado de expulsar demonios con el poder del jefe de los demonios. Los escribas, ciegos por la malicia, llaman mal al bien y bien al mal. Esta es la raíz de la blasfemia contra el Espíritu Santo: la cerrazón total a la verdad, el negarse a llamar a las cosas por su nombre.

Hermanos, la corrupción es esa división que amenaza con derrumbar nuestra casa. La corrupción no es solo un delito legal; es una herejía cívica y un pecado mortal social. Como nos enseña el magisterio, y recordaba el papa Francisco en Fratelli Tutti, la política no debe someterse a la economía ni esta al dictado de una eficiencia sin valores. Cuando el servidor público pierde el norte del servicio, la casa se divide y corre peligro de ruina.

Hoy, ante la memoria del Patricio, nuestro compromiso no puede ser de meras ofrendas florales. Como su obispo, les exhorto a dos acciones concretas:

Primero, orar por quienes nos gobiernan. San Pablo nos lo manda y la prudencia lo exige. Oremos para que Dios proteja sus corazones de la codicia. La codicia es la idolatría del dinero. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a cada funcionario, desde el más alto magistrado hasta el servidor municipal más humilde, para que entiendan que su cargo no es un botín de guerra.

¿Cuál sería el grito de Juan Pablo Duarte hoy?

¡Ay de aquel que llega al Estado para servir a sus amigos!
¡Ay de aquel que gobierna solo para sus familiares!
¡Ay de aquel que gobierna solo para un sector social o religioso!
¡Ay de aquel que favorece solo a los de su partido!

El servidor público es servidor de todos. El bien común, como enseña Santo Tomás de Aquino, es el fin de la ley y del gobierno. Privatizar el Estado para beneficio de una camarilla es traicionar el sueño de Duarte y ofender a Dios, que es Padre de todos, no de un color político.

En nuestra reciente Carta Pastoral de este enero de 2026, los obispos dominicanos hemos sido claros y contundentes sobre la moralidad pública. Pero no podemos ser hipócritas. Es fácil señalar hacia el Palacio Nacional o hacia el Congreso, pero Jesús nos dice: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

Hay una verdad incómoda que debemos tragar hoy como medicina amarga: no hay corruptos sin corruptores.

Como dice un adagio campesino: “Tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”.

¿Con qué autoridad moral criticamos al funcionario que roba millones, si nosotros, en el barrio o en la comunidad, vendemos nuestra conciencia por una dádiva?

En la corrupción todos somos culpables cuando, en tiempos de campaña, le exigimos al candidato que nos pague la receta, que nos dé el zinc, que nos regale el “pica pollo” o que nos garantice un puesto en la administración pública a cambio de nuestro voto. Al hacer eso, estamos vendiendo nuestra primogenitura por un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Luego, cuando ese político llega al poder y hurta para recuperar lo que gastó en nosotros, nos escandalizamos. ¡No seamos fariseos! La limpieza de la casa comienza por nuestra propia conciencia ciudadana.

Sin embargo, no todo es oscuridad. El Salmo 88 nos prometía: “Mi fidelidad y mi misericordia lo acompañarán”. Dios no abandona a este pueblo.

Hoy quiero hacer un reconocimiento justo, necesario y valiente. Debemos agradecer al Gobierno dominicano, en especial al excelentísimo señor presidente Luis Abinader Corona y a las autoridades judiciales independientes, porque se está librando una batalla real contra la impunidad. Vemos algo que antes parecía imposible: aquellos que han traicionado la confianza pública, sin importar su rango o apellido, están siendo llevados a los tribunales.

Cada vez que se detecta, se denuncia y se procesa un caso de corrupción, debemos decir: ¡Gracias a Dios! Porque eso significa que la luz está entrando en las tinieblas. No nos asustemos por los escándalos que salen a la luz; asustémonos del silencio cómplice que los ocultaba. Que la justicia siga su curso, caiga quien caiga, porque solo sobre la verdad y la justicia se puede construir la paz duradera.

Termino haciendo una referencia a san Agustín, quien en su obra La ciudad de Dios nos recordaba que un pueblo se define por aquello que ama. Si amamos el dinero fácil y el clientelismo, seremos una cueva de ladrones. Si amamos la justicia, la verdad y el servicio, seremos la República que soñó Duarte: libre, feliz y, sobre todo, cristiana.

Que la Virgen de la Altagracia, protectora de nuestra Quisqueya, nos ayude a expulsar el demonio de la corrupción que divide nuestra casa y nos conceda la gracia de ser ciudadanos honestos y gobernantes santos.

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