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SANTO DOMINGO: El 6 de octubre de 1992, la República Dominicana se convirtió en el epicentro global de la conmemoración de los 500 años del arribo de Cristóbal Colón a América (1492-1992). El país fue escenario de una gigantesca obra de infraestructura impulsada con fervor mesiánico: el Faro a Colón, un imponente monumento en forma de cruz latina gigante diseñado para albergar los supuestos restos del almirante y proyectar hacia el cielo nocturno la luz de 251 faroles.
Sin embargo, el destello del majestuoso faro contrastaba bruscamente con la realidad de su entorno inmediato. Para embellecer los accesos y aislar visualmente el monumento de la extrema pobreza circundante, se levantó un extenso muro de hormigón que segregaba a los sectores populares de Villa Duarte y Los Mameyes. La ciudadanía no tardó en bautizar aquella estructura con un nombre que resonaría en la historia: «El muro de la vergüenza».
El protagonista
Joaquín Balaguer y su obsesión arquitectónica
El artífice y motor indiscutible de esta megaestructura fue el presidente Joaquín Balaguer. Para Balaguer, un gobernante de corte autoritario que entendía el poder como una mezcla de mecenazgo cultural, control político y legados perdurables de hormigón, el Faro a Colón representaba el broche de oro de su carrera política y de su visión hispanista de la identidad dominicana.
Balaguer no solo vio en la obra una oportunidad para proyectar al país a nivel internacional, sino una misión personal para cumplir un proyecto arquitectónico concebido a inicios del siglo XX (tras ganar el diseño el arquitecto británico J.L. Gleave). Pese a las severas crisis económicas, los apagones constantes que sofocaban al país y la fuerte oposición social, el caudillo destinó recursos multimillonarios para garantizar que el faro estuviera listo a tiempo para la efeméride.
El V Centenario y la bendición papal
La inauguración formal de los actos del V Centenario contó con la presencia estelar del Papa Juan Pablo II, quien realizó su tercera visita apostólica a la República Dominicana.
12 de octubre de 1992: El punto culminante de la misa papal
Juan Pablo II ofreció una histórica misa en la explanada del Faro a Colón y emitió su mensaje para América Latina. El acto consagró el sentido religioso que se le dio a la conmemoración: el «V Centenario de la Evangelización»
La presencia del Pontífice otorgó la legitimidad internacional que el gobierno de Balaguer buscaba desesperadamente. Mientras en los salones y explanadas solemnes se celebraba la fe católica y el encuentro de dos mundos, del otro lado del muro las protestas sociales, reprimidas con firmeza, denunciaban la marginación y la herida colonial.
La frase
«La luz que ilumina la grandeza del monumento no debe cegarnos ante la sombra de la pared que oculta al pueblo».
Esta máxima sintetiza la paradoja de aquel octubre de 1992: el choque frontal entre el discurso de magnificencia estatal y la marginación social de las comunidades que vivían bajo la sombra del hormigón. Es el contraste entre el resplandor del Faro y el aislamiento del «Muro de la Vergüenza»).
No obstante, esta idea recoge el espíritu de las protestas, crónicas periodísticas de la época y denuncias de organizaciones populares, sacerdotes de la Teología de la Liberación y movimientos sociales de 1992 (como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y colectivos de Villa Duarte), quienes denunciaban públicamente que el gobierno de Balaguer intentaba «tapar el sol con un dedo» u ocultar la miseria del pueblo detrás del muro para mostrar una fachada brillante al Papa y a los visitantes internacionales.
¿Por qué importa hoy?
Recordar el TBT del Faro a Colón y el «Muro de la Vergüenza» mantiene una enorme vigencia por tres razones fundamentales:
Lección sobre prioridades e inversión pública: Es un recordatorio histórico de lo que ocurre cuando el gasto estatal prioriza obras monumentales de fachada sobre las necesidades básicas de la población (salud, educación y servicios eléctricos básicos)
Reflexión sobre la segregación urbana: Pone en el debate cómo las intervenciones de infraestructura pueden ser utilizadas para ocultar o marginar realidades sociales en lugar de integrarlas y solucionarlas.
Revisión de la memoria histórica: Invita a cuestionar la narrativa oficial del «descubrimiento» y la «evangelización», abriendo espacio para una memoria crítica que reconozca tanto el legado cultural como el costo humano e identitario del proceso colonial.
cortesia: panorama/prensalibreindependienterd

