Construido a finales del siglo XVI por una familia adinerada ligada a la ganadería y al azúcar, el palacete es una imponente estructura de piedra y ladrillo. Es un testimonio vivo del auge azucarero y de la época colonial marcada por el trabajo de miles de esclavos.
SANTO DOMINGO OESTE,RD: Avanzo entre el pasto maltratado y la tierra árida de Hato Nuevo, en Manoguayabo, sintiendo bajo la suela de mis tenis el mismo suelo donde miles de africanos esclavizados sufrieron a finales del siglo XVI. Ante mis ojos se levanta el Palacete de Palavé, una imponente mole de piedra, tapia y ladrillo que se resiste obstinadamente a desplomarse.
En un país que presume con bombos y platillos de récords turísticos e históricos, superando la marca de los 10 millones de visitantes anuales, este monumento patrimonial se hunde en el vandalismo, la desidia y el olvido institucional.
“Esto tiene mucho tiempo abandonado, prácticamente. De vez en cuando vienen gente del ayuntamiento y lo limpian, pero después se olvidan. Aquí viene gente a hacer picnic y a tomarse foto. Lo que nadie entiende es porque algo tan importante lo dejen así abandonado. Hace un poco vi en un programa en el cable sobre un monumento en Europa que solo eran piedras, que este monumento le da mil patadas”, Dionicio Fernández, lugareño.
Resulta indignante estar parado aquí más de un año después de que este mismo diario publicara un llamado de alerta a las autoridades. Nada ha cambiado: el abandono sigue siendo absoluto.

Simbología profanada por el vandalismo
Al recorrer su primer nivel, totalmente desprotegido, se camina entre arcos desnudos y estancias que alguna vez alojaron a las familias más prominentes de la colonia. La ausencia total de vigilancia o cerramientos permite que desaprensivos garabateen los muros centenarios con objetos punzantes, acelerando el colapso de la estructura y de su emblemático campanario.
La paradoja roza lo grotesco: la majestuosidad arquitectónica y el entorno natural convierten al palacete en un escenario habitual para sesiones fotográficas de bodas, quinceañeras y videos musicales. Los visitantes aprovechan la estética del lugar y se marchan; mientras tanto, la alcaldía de Santo Domingo Oeste, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Turismo miran hacia otro lado.

Arquitectura de una época de hierro y azúcar
Construida a finales del siglo XVI por una adinerada familia dedicada a la ganadería y posiblemente vinculada a la naciente industria azucarera, la edificación ofrece un testimonio invaluable del estilo imperante en el Nuevo Mundo. De dos niveles, con una dimensión 528 metros cuadrados de construcción, su tamaño refleja la opulencia de la época.
Su fachada frontal impresiona con tres amplias puertas rematadas en arcos, cuatro ventanas distribuidas entre sus dos niveles y un campanario central que se eleva como el punto más alto del complejo.
“Si hubiera interés esto debería estar cercado y tener una tarja de identificación y un vigilante. No es solo limpiarlo algunas veces. Esto debería tener dolientes”, Ana Rosa Reyes, quien hacía una práctica de fotografía en el lugar.

El muro sur alberga dos ventanas y un imponente portón de 9 por 7.5 pies; la pared norte integra tres ventanas, mientras que la parte trasera suma tres aberturas más sin accesos directos.
En su interior, el diseño original comprendía un recibidor y cinco habitaciones en el primer piso, además de tres dormitorios en el segundo nivel, todos interconectados. Hoy no quedan vestigios de techos, puertas ni ventanas: solo los muros que el tiempo y la desatención van erosionando.
Las raíces de nuestra memoria
Comprender el valor del Palacete de Palavé exige mirar hacia los orígenes de la colonia. La caña de azúcar llegó a La Española desde las Islas Canarias en 1496, durante el segundo viaje de Cristóbal Colón. Sin embargo, no fue hasta 1501 cuando se logró consolidar su cultivo.
Las brutales exigencias del corte y procesamiento del azúcar llevaron a la Corona a promover la llegada masiva de mano de obra esclavizada desde África.
Para 1568, según coinciden diversos historiadores, la población africana en la isla alcanzaba los 20,000 individuos, divididos entre las rudimentarias haciendas azucareras y el servicio doméstico. Este palacete es un testigo mudo de ese proceso que moldeó nuestra cultura.
Dejar que las ruinas de Palavé se conviertan en polvo no es solo una falta de mantenimiento arquitectónico: es un acto de amnesia colectiva. La restauración y puesta en valor de inmuebles con este peso histórico debe figurar de forma urgente en la carpeta de prioridades del Estado dominicano.


