SANTO DOMINGO: María Teresa Fabián tiene 72 años. Sobrevivió al ataque atribuido a Jean Andrés Pumarol, pero asegura que, desde ese día, su vida nunca volvió a ser la misma.
Habla despacio. A ratos la voz se le quiebra. Cuando recuerda lo ocurrido, las lágrimas aparecen antes que las palabras.
«Me siento asustada siempre que hay alguien caminando detrás de mí. No duermo… sueño que él va a hacerme algo», relata, mientras intenta contener el llanto.
El miedo terminó cambiándole la rutina. Dice que tuvo que abandonar la casa donde vivía para mudarse a otro lugar donde pudiera sentirse un poco más segura. Pero no solo cambió de vivienda. También perdió parte de la movilidad de sus manos, lesiones que todavía arrastra como consecuencia del ataque.
«Mis manos ya no han vuelto a ser las mismas», cuenta. Ni siquiera puede peinarse. Por esa razón decidió cortarse el cabello, porque levantar los brazos se convirtió en una tarea que ya no puede hacer con normalidad.
A sus 72 años también enfrenta otra preocupación: los ingresos que dejó de percibir. Durante años trabajó en el servicio doméstico, pero las secuelas físicas le impiden continuar.
Cuando se le pregunta cómo hace para sostenerse económicamente, apenas responde con resignación:»Dios proveerá».
Sin embargo, hay algo sobre lo que no duda. «Ese tipo no puede estar suelto», afirma.
Luego añade, aún entre sollozos, que le cuesta entender cómo personas que cometen hechos menores permanecen en prisión, mientras un caso como este todavía genera incertidumbre sobre su desenlace judicial.
Las heridas que sufrió aquel día cicatrizaron en parte. El miedo, asegura, sigue intacto.

